Comienzan a escucharse ruidos que no provienen de ninguna parte y todos se miran asstados entre sí. Instantes después los platos que adornan una de las paredes, se mueven, tiemblan, se caen y se rompen. La angustia llega a el limite y el cerebro es incapaz de asimilar lo que esta sucediendo, pero los fenómenos continúan y parece que una legión de sádicos espíritus quiere que la familia atrviese la frontera de la locura. La madre tiembla sobre una silla que se mueve sola y que por fin la despide contra el vacío. La niña no puede conseguir que la muñeca abandone sus brazos y se quede flotando en el aire con un gesto maligno en sus ojos de cristal. Por fin todo se calma, pero ya se ha cundido la histeria. Todos lloran, tiemblan, se saben impotentes, no pueden luchar contra lo desconocido. POLTERGUEIST Y así durante todo un año, todos los días. En la puerta 7 del número 30 de la calle Maestro Giner de la localidad valenciana de Burjassot. Los fenómenos conocidos como poltergeist se producen de una forma constante desde 1986. Habitaban la vivienda Rafael Caballero, y su esposa, Soledad Valdecantos y sus hijos que entonces contaban con 12 y 11 años de edad. Según Soledad, una cordobesa que en el año 87 llevaba 14 viviendo en Burjassot, lo primero que empezó a suceder fue “ que los cacharros se movían, los muebles se desplazaban y los cajones se abrían y cerraban solos sin ningún control”. En un principio, su marido, Rafael, pensó, que todo eran imaginaciones de su mujer, aunque pronto se dio cuenta de que no era así: “Poco después, mi hija también empezó a escuchar ruidos y a ver como se movían las cosas; más tarde, mi hijo, y, por fin, yo mismo comprobé la existencia real de fenómenos extraños y desconocidos.” Cuando todo empezó, Soledad estuvo al borde de la desesperación; “ Nadie me creía. Ni mi familia ni los vecinos, incluso algunos llegarón a retirarme la palabra porque pensaban que estaba loca. Yo misma llegué a creérmelo y fui al medico. Por fin, él mismo me recomendó a una parapsicóloga, Ana Codinach, que me esta ayudando mucho”. PERSEGUIDA Pero Soledad siempre ha estado perseguida por fenómenos extraños. Cuando sólo tenía 4 años, en la casa donde habitaba en Córdoba, también se oian voces y ruidos. En aquella ocasión los sucesos fueron investigados por expertos, igual que ahora. “incluso una vez-dice Soledad-, También en Córdoba y con cuatro años, vi a Jesucristo en a través de una ventana. Me dijo que yo era una niña muy buena, pero que iba a sufrir mucho”. Y Soledad se ha pasado toda su vida enferma. Cualquier infección la cogía, las grípes y los catarros se cebaban en ella como pestes terribles. Incluso, cuando solo tenia 18 años, estuvo a punto de morir, debido al tétanos. Sin embargo, los fenómenos paranormales se quedaron en su niñez. Hasta que todo comenzó de nuevo…
Estoy sola en casa, casi a oscuras, leyendo un libro viejo y aburrido. Es posible que si hablara de otras cosas lo hubiera abandonado. Pero habla de los espejos, del mundo de los espejos, y ese es un tema que me obsesiona. Estoy sola. Hace una semana que mi marido me ha abandonado, una semana que falto de la oficina, que no abro la puerta a los que llaman, que no descuelgo el teléfono cuando suena, que no salgo a comprar comida, que me mantengo con lo poco que queda en el frigorífico. Siento que la basura se amontona, y que un olor húmedo y repugnante invade la casa. Pero no me importa el olor, ni la cama deshecha, ni las sábanas sucias. Le he dicho a la portera que no me moleste, que no me pasa nada, que estoy de vacaciones. De otra forma a lo mejor hubiera llamado a la policía. Supongo que en la oficina, hartos de llamar, me habrán mandado la carta de despido. Así que estoy sola en la penumbra, a media voz. –Huang-Ti, el Emperador Amarillo, extendió entonces su mirada, y el ruido de los tambores y el entrechocar de las armas cesó un momento, quedando como supendido en el aire denso que la sangre derramada llenaba de un olor perverso. El Emperador invocaba a Sang-Ti, el padre y señor de los dioses. A su conjuro los guerreros zurdos penetraron de nuevo por la puerta de cristal llevando con ellos los cuerpos sin vida de sus compañeros. Tras ellos, Yuan-Sih-Tien-Tsun, el Eterno, selló la puerta, y el espejo suprimió la silueta de los guerreros vencidos, para reflejar tan sólo la alegría de sus oponentes. Y la risa de Pu-Tai volvió a resonar para siempre. El Emperador había devuelto la paz y la libertad a sus súbditos. Pero, tras la puerta de su cárcel de cristal, los guerreros zurdos, condenados a repetir los gestos de los hombres, esperan su despertar. Entonces, romperán el cristal y saldrán para aniquilar la raza que les hizo esclavos. He cerrado el libro, y miro ahora la silueta zurda que desde el fondo del pasillo me observa amenazadora. Podía haberme ahorrado la lectura. No me ha revelado nada que no supiera, que no hubiera presentido antes en mis últimas noches de insomnio. Pero, al menos, me ha servido para corroborar mis pensamientos, para demostrarme que no estoy loca. Sé que tras el espejo se esconde un mundo distinto y hostil, un mundo en acecho, preparado a romper la puerta de cristal que nos separa y a caer sobre nosotros, sobre mí o sobre cualquiera. Esa imagen que me mira es una simple burla que trata de parecérseme, un simple remedo sarcástico. Esos absurdos narcisos presumidos, que se pasan la vida frente al espejo, no saben que la imagen que ven no es la suya, que los gestos que hacen sonrientes son imitados burlonamente por los otros, por aquellos que se divierten reflejando lo opuesto a nosotros y a nuestros actos. Yo, a lo largo de la semana, he tratado de combatirlos poco a poco, procurando no llamar su atención, lo que sin duda habría contribuído a irritarles, y quizás obligarles a adelantar sus planes, he intentado anularles, borrarles de mi vida. He ido despoblando mi casa de todos los espejos: las cornucopias del salón, el espejo del cuarto de baño, la luna del armario ropero de la alcoba. Todos, incluso los pequeños espejos de mano. Al principio pensé en romperlos, pero en seguida comprendí que habría sido un terrible error. Todo el mundo sabe que romper un espejo es presagio de muerte. El mundo terrible que se esconde en ellos no desaparece, antes bien se multiplica con la ruptura. Pero, presiento que eso, con ser terrible, no es lo peor. Parte de ese mundo en ellos encerrado se libera, se escapa por las fisuras y cae sobre nosotros cargado de mortíferos deseos. Levanto de nuevo los ojos, y en el fondo del pasillo hay una silueta zurda que me mira y se ríe. Noto en sus ojos la locura. Una locura homicida que se ríe de mi impotencia. No he podido desprenderme de ese espejo, el último que me queda. Los chamarileros que se llevaron los otros, sin que les pidiera nada a cambio, no quisieron llevárselo. Era demasiado grande, demasiado pesado, la luna estaba estropeada, el marco rajado. Es seguro que los otros oyeron sus excusas. Desde el fondo del cristal pude oír sus risas de triunfo. No sé qué impulso incontrolable me ha llevado frente al espejo, mientras el loco maldito que me observa continúa riéndose con carcajadas terribles que hieren mis oídos. Tampoco sé lo que me impulsa ahora a golpearle, a chocar mis puños contra los suyos, cada vez con mayor violencia. No lo sé, y no he debido hacerlo. El cristal se ha roto y sus cuchillos y lanzas, ahora liberados, penetran en mis muñecas y cortan mis venas. Siento que mi vida se escapa entre borbotones oscuros...
YO VENCI A SATANAS PLEGARIAS COMUNMENTE UTILIZADAS EN LOS EXORCISMOS Y MENCIONADAS EN LOS CASOS CONTADOS AQUÍ. Padrenuestro, Ave María, Gloria, Anima Cristi y Salve Regina. I
EL CASO DE EL AMIGO Y EL ALEGRE
Te recomiendo que si eres una persona sensible, no continúes. Si decides continuar, reza, al menos, alguna de las oraciones.
Peter aspiró otra bocanada de aire fresco. Se sentía reacio a cerrar nuevamente la ventana que silenciaria el alboroto que venía de la calle 125 que se encontraba 15 pisos más abajo. Era la primera vez que un Papa recorría las calles de Nueva York, y hasta el aire estaba vivo con la excitación. La caravana de coches que acompañaban al del Papa había dejado atrás el puente de Willis Avenue. El padre Peter cerró finalmente la ventana y regreso a la cama. La habitación, se encontraba nuevamente en silencio, sólo roto por la respiración irregular de una mujer de 26 años llamada Marianne. Marianne yacía sobre una manta gris arrojada sobre el colchón, desnudo. Con sus pantalones desteñidos, su ceñida blusa amarilla, la palidez de sus mejillas y el blanco desteñido de las paredes que la rodeaban, parecía formar parte de una pintura trágica si no fuese por el extraño rictus de su cara, carecía de expresión. A la izquierda de Peter, con sus espaldas contra la puerta, se encontraban dos hombres corpulentos. Uno ex policía y amigo de la familia, un veterano que paso más de 30 años en el cuerpo, donde decía, que había visto de todo. Pronto averiguaría que no era así. De edad indeterminada, bastante calvo, vestido de tergal, su rostro era la imagen del asombro. El otro era amigo íntimo del padre de Marianne, a quien los niños llamaban tío, era un asesor fiscal, de cara roja y con los ojos fijos en el rostro de Marianne. A ambos hombres se les había pedido que asistieran al exorcismo de Marianne y controlasen cualquier daño que pudiese intentar hacer o hacerse. El padre de Marianne, un hombre delgado de ojos enrojecidos, permanecía junto al doctor de la familia que se encontraba rezando silenciosamente. Peter siempre insistía en tener presente a un miembro de la familia durante el exorcismo. Como señalando un contraste en relación a los otros, el doctor, un psiquiatra, era joven y lucía una mirada concentrada, casi estudiada, al controlar el pulso de la joven. El padre James, acompañaba a Peter, james estaba preparando el equipaje, pero Peter ya había estado allí. Sobre una mesilla de noche, tiritaban dos velas. Un crucifijo yacía entre ellas. En un rincón de la habitación se encontraba una cómoda. Era lunes, habían transcurrido 17 horas del tercer exorcismo de Peter en 30 años. Era también su último exorcismo, aunque él no lo sabía. Peter estaba seguro de haber alcanzado ya el punto límite del rito. En los pocos segundos que tardo en cruzar de la ventana hasta la cama, el rostro de Marianne se había contorsionado hasta convertirse en una masa surcada por una intrincada red de líneas. Su boca se torcía más y más, adquiriendo una forma de S. El cuello, estirado mostraba cada vena y arteria. El ex policía y su tío se adelantaron a sostenerla. Pero su voz los arrojo inmediatamente hacia atrás, como a efectos de latigazos. - ¡Putos Vagos! Cada uno de vosotros habéis fornicado con la mujer del otro. ¡Mantened vuestras sucias pezuñas lejos de mí! - ¡Sujetarla! Mandó Peter enérgicamente. Cuatro pares de manos la sujetaron con fuerza. - Jesús ten piedad de mi niña- imploro su padre. Los ojos del ex policía se salían de las orbitas. - ¡Tú! – Grito Marianne, clavada en la cama, con los ojos inyectados en sangre-. ¡Tú, Peter el cerdo! Come mi carne, chupa mi sangre. ¡Y lo ha hecho! ¡Peter! Vendrás con nosotros, ¡Cerdo! Lamerás mi culo y te gustara, Peteerrrr- y su voz disminuyo con la erres, hasta convertirse en un gorgoteo animal.
EN UNA CASA MALDITA I LA LLEGADA Maria se encontraba terminando de acondicionar el hogar, los restos de embalajes, periódicos y corchos se encontraban desperdigados por toda la casa, trasteando y disfrutando de la novedad se encontraba Leti una preciosa gata de ojos azules. Otros niños jugaban en la calle y sus risas retumbaban ante las paredes vacias, mientras ellos entraban y salian. “Mamá hay algo malo en esta casa, debemos irnos”. Damián la había seguido por la cocina, tocando cajas y periódicos como si quisiera decir algo pero no se atreviese. Entonces ella espero hasta que estuviese dispuesto a hablar. - ¿ que has dicho Damian? - Dije que hay algo malo en esta casa y que debemos irnos. Djando unas figuras en una mesa, María se volvió hacia Damian y frunciendo el entrecejo. ¿Irnos? Acabamos de llegar cariño. - Ya lo se, pero debemos irnos. - Y ¿A dónde iríamos? - Volveriamos a Cuenca, volveríamos a nuestra casa. Debemos irnos mamá. Hay algo… - Se detuvo un momento y cerro los ojos como si estuviese seleccionando su próxima palabra. - Mal, hay algo malo en esta casa. La preocupación de María aumentó. Se volvió, se recostó contra el aparador y dio la cara a su hijo. Damian, estaba inquieto, tenso, palido y tenia ojeras, trató de acostumbrarse y por supuesto actuo como si no notara nada, pero cada vez que lo miraba, los cambios físicos oprimían su corazón. Era como si los tratamientos de quimioterapia se hubiesen llevado la mitad de su ser, lo habían agotado hasta convertirlo en un trapo viejo que apenas parecía un niño. Con estos tratamientos, Damian había atrevesado mucho estrés y era ese estrés al que maría atribuía su advertencia sobre la casa, sí, debía de ser eso. Damian no podía saber nada sobre el secreto que ocultaba la casa. Sólo María y Luis, conocían el pasado de la casa. - ¿Qué crees que tiene de malo la casa, Damian? Pregunto ella con voz baja. Su frente lisa se arrugo y desvio los ojos por un momento, se encogió de hombros y dijo, en tono susurrante. -Yo… no lo sé. Sólo es que es… malvado. Es – sacudió la cabeza, agitado y frustrado al mismp tiempo- difícil de explicar. Pero es malo, muy malo y me da miedo. Y si no nos vamos de aquí… algo malo nos va a pasar. Algo muy malo. - Cariño mio, las casas no son malas, solo la gente es malvada. El mal vive en sus corazones, en las cosas que ellos se dicen a veces unos a otros. Pero esta casa, solo es una casa vieja. Si pudiese hablar, sguro que nos contaria muchas historias, algunas incluso, nos darían miedo. Pero no es mala. Es sólo nueva para ti, eso es todo- dijo con una sonrisa timida-. Te acostumbraras a ella después de un tiempo y te sentiras bien aquí. ¿Has visto tu habitación abajo? - Damian giro la cabeza y miró hacia el suelo, luego sintió levemente. Dijo algo, pero era demasiado bajo para que ella le escuchase. - ¿Qué has dicho? - Esa es la habitación que me hace sentirme tan mal. Es malvada, siento que es malvada…muy malvada. Mamá, no quiero dormir allí abajo, es sólo que no me siento bien. María intentó no demostrar nada con su rostro. Otra vez recordó que Damian no sabia nada sobre la casa, que él no conocía que tipo de cosas solían ocurrir allí. Tomó una larga bocanada de aire y en parte la tensión de su pecho se relajo. - No dormiré allí abajo solo.